Cuando la Selección Argentina salió a la cancha para enfrentar a Cabo Verde por los octavos de final del Mundial, miles de hinchas coparon el Hard Rock Stadium. Otros siguieron el partido desde bares, restaurantes o reuniones con amigos. Pero para Lourdes Álvarez Farhat, Gonzalo Fernández y Néstor Miotti, aquella tarde transcurrió como cualquier otra jornada laboral.
Ninguno pudo vivir el encuentro como lo había imaginado. Las entradas costaban cientos de dólares y la rutina de trabajo tampoco les permitió hacer una pausa para disfrutar de uno de los momentos más esperados por cualquier argentino.
De profesora universitaria en Tucumán a empezar de cero en Miami: "Sentía que hasta respirar me costaba plata""Cuando terminó el partido, ya no pude ver los últimos casi diez minutos, los más emocionantes, porque empezaron a llegar más clientes al restaurante. Me quedó una sensación de mucha bronca y tristeza. Pensaba: 'La puta madre, tremendo momento me perdí. Están todos los argentinos celebrando y abrazándose y yo estoy acá trabajando'", recuerda Lourdes.
Para ella, esa escena resume buena parte de lo que significa emigrar. "Podés estar construyendo una vida muy linda, pero al mismo tiempo hay momentos en los que sentís clarísimo todo lo que dejaste", afirma.
Lo que más se extraña
Con el paso de los años, los tres aprendieron a convivir con una sensación difícil de explicar. No hablan del trabajo ni de la adaptación, sino de las pequeñas cosas que quedaron del otro lado del continente.
Los cumpleaños familiares. Los domingos de asado. Las sobremesas que se estiran durante horas. Los amigos de toda la vida. Y también la posibilidad de vivir acontecimientos importantes junto a quienes más quieren.
Dos argentinos que emigraron a Miami cuentan el verdadero costo de perseguir el sueño americano"Emigrar no es solamente cambiar de país. Es extrañar, reinventarse, perderse momentos, sentirse solo y construir una red nueva desde cero", resume Lourdes.
Aunque Miami es una de las ciudades más latinas de Estados Unidos y un argentino puede pasar todo un día hablando español, ninguno de los entrevistados siente que eso alcance para reemplazar el sentido de pertenencia.
Con el tiempo aparece una sensación compartida por muchos inmigrantes: ya no se sienten completamente de Argentina, pero tampoco terminan de sentirse estadounidenses.
Un clima diferente
A ese costo emocional, Gonzalo Fernández asegura que en los últimos años se sumó otro factor. Después de casi 25 años viviendo en Miami, dice haber notado un cambio en el trato hacia la comunidad inmigrante desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
Describe una sociedad más polarizada, con mayores controles y una creciente desconfianza hacia los latinos. Incluso admite que llegó a evaluar mudarse junto a su familia a Costa Rica.
¿Sueño americano? La otra cara de Miami contada por argentinos que empezaron de cero: “Vivís para trabajar”"Es un país que amo porque me abrió las puertas. Pero en los últimos años se volvió mucho más pesado para la comunidad inmigrante. Ya no pasa solamente por tener o no tener papeles. Hay mucha discriminación, mucho problema de portación de cara. Te ven cara de latino y ya te paran para hacerte un control. Eso no está bueno en un país que dice promover la libertad", sostiene.
Más allá de la postal
Miami sigue siendo una ciudad donde el español se escucha en cada esquina y donde miles de argentinos encuentran oportunidades para trabajar y emprender.
Pero detrás de las playas, las palmeras y los edificios frente al mar también existe otra realidad. La de quienes construyeron una nueva vida, pero pagan todos los días el precio del desarraigo. Porque, aunque lograron cumplir el sueño de vivir en Estados Unidos, coinciden en que hay algo que ninguna ciudad puede reemplazar: estar cerca de la familia, de los amigos y de esos momentos que, una vez perdidos, ya no vuelven.